martes, 11 de febrero de 2014

A ESCASOS DÍAS DEL 50 ANIVERSARIO DE LA INDUSTRIA Y LA PROFESIÓN DE HOSTELERÍA EN MASPALOMAS (Parte 2 de 2)



Por Pedro José Franco López
Técnico en Patrimonio Histórico y Cultural.




Si acaso tenga mayor sentido la conmemoración de estas Bodas de Oro, de este cincuentenario, por la carga humana que tiene consigo; no en vano son 50 años de vida de la industria de la hostelería en Maspalomas y, evidentemente también del nacimiento de la profesión de la hostelería.

Antes de continuar, rompamos una lanza por aquellos verdaderos pioneros en las labores hosteleras, como: Carmen Afonso, dueña del Restaurante “La Fonda de la Vda. de Franco”; La familia Moreno Zerpa (Bar el Boya en el Pajar); Serafín Trujillo y Aurora, Bar de Finito, en Playa de Meloneras; el Bar de Antonio Franco; la Cantina de los Artiles; las Tiendas de Aceite y Vinagre de: Agustín Rivero, Glorita Monzón, Juanito Artiles, Rosita Sánchez; Mateíto Perera, la de José Santana y Andrea Trujillo; especial mención a las de los pueblecitos de Berriel, Buenavista y Las Burras, tres núcleos de población totalmente erradicados de la faz de la tierra en aras del supuesto progreso y el bienestar, etc.

Dicho esto, retomamos el asunto que nos ocupa para manifestar que, si los profesionales que atendieron a los ilustres invitados en la inauguración de “La Rotonda” y “Los Caracoles”, lo hacían en calidad de alumnos de la Escuela Regional de Hostelería, la de San Cristóbal, en Las Palmas de Gran Canaria; los que atendieron la Fiesta de Fin de Año de 1964, ya lo eran como empleados de la empresa “Amurga, S.A.”: Camareros, Cocineros, Barman, Camareras de Pisos, Botones, Conserjes, Facturistas, Telefonistas, Porteros, Jardineros, en su gran mayoría vecinos de Maspalomas, de Vecindario, del Tablero y otros pueblos grancanarios.

Recibieron los conocimientos más elementales a marchas forzadas, en la Escuela Regional de Hostelería, (se inauguró el 11 de enero de 1962), cuya sede, estaba ubicada en la Escuela de Capacitación Agrícola. Hecho curioso, pués la gran mayoría de los jóvenes que allí se formaron provenían de las labores del campo.

Por eso lo de que esta conmemoración contiene una gran carga emotiva y humana, pués chicos que dejaron la yunta en el alpendre o el cercado a medio despedregar,  se ponían una corbata pajarita, para atender a ilustres invitados, turistas de alto standing, entre ellos: reyes, príncipes, ministros y, hasta la mismísima Lola Flores y Antonio el pescaílla.

Mujeres jovencísimas, que se despojaron de sombrero, pamela, manoplas y faltriqueras, para lucir un impecable uniforme y una profesionalidad y amabilidad innatas; eran las Camareras de pisos.

Todavía algunas de ellas se emocionan al recordar los comentarios que circulaban por doquier, cuando fueron a trabajar a la zona turística. Fueron momentos muy difíciles, de enormes contrastes emocionales: por un lado contentas e ilusionadas con un trabajo digno al fin, dónde se les miraba con  respeto y aprecio, valorándose su labor y, por otro, la incomprensión de la sociedad de sus pueblos que no entendían que: “fueran a servir y a limpiar baños, dónde los turistas hacían sus necesidades”, “Que entraban al “bungaló” y se los encontraban medio desnudos (en bañador)“.

Estos son los profesionales que hoy merecen que ahora se les rinda el más cálido de los homenajes. Hombres y mujeres, auténticos pioneros de las labores que vendrían a ser la primera fuente de ingresos, no sólo para los grancanarios, sino para personas procedentes de tantos lugares de la geografía española y de otros países.

Gente que trabajó con ilusión, porque se trataba de unos oficios nuevos, que les aportaba una mayor calidad de vida en comparación con las calamidades que se vivían trabajando en el pastoreo, las plataneras, la ganadería, la labranza o la aparcería, que era de dónde provenían profesionalmente la mayor parte de ellos.

Múltiples las anécdotas que nos cuentan. Por ejemplo: como los domingos y fiestas de guardar era de precepto obligado asistir a Misa, la empresa ponía a disposición del personal (sobre todo de las mujeres), una furgoneta o guagua para asistir a Misa a la Iglesia de San Fernando y, terminada ésta, de vuelta al trabajo.

Y que al dejar el bungalow, los clientes dejaban la nevera cargada de alimentos que ellas aprovechaban llevándoselos para sus casas. De esa forma fue cómo en muchos domicilios se conocieron el Kétchup, la Mostaza o la mismísima lata de “Tulip”, como nos dice Ramona Santiago, que la vio por primera vez en la Cesta de Navidad que recibieron en 1964.

Los turistas a veces ayudaban a “Mingolo”, en las tareas de “jalar p’ol chinchorro”, y organizaban asaderos en la orilla de la playa e invitaban a los empleados; en cierta ocasión prohibieron a los empleados de “La Rotonda” y “Los Caracoles” ir la Playa y mezclarse con los turistas, clientes en su gran mayoría, de esas dos instalaciones hoteleras.

Pedro Pérez recalca que le llamaba mucho la atención ver como cada día, antes de abrir el restaurante, todos los camareros se tenían que poner en fila y era que el Maitre pasaba revista: Manos, uñas, pelo, barba, uniforme y zapatos; y asegura que muchos días algunos no trabajaban y tenían que irse a su casa por no estar en perfectas condiciones.

Agustín Curbelo comenta que fue el primer Enlace Sindical del Sur y pidiéndosele que cuente anécdotas al respecto, con mucha, muchísima diplomacia y elegancia, tan sólo dice que: “por aquellas fechas el cargo de Enlace Sindical no daba mucho trabajo”.

Para dar cuenta de cómo se ven después de 50 años, los adelantos de aquella época: el Teléfono que había en la Recepción de los “Los Caracoles”, era tan sólo como intercomunicador entre los Bungalows y el Restaurante “La Rotonda”, para comunicarse con el exterior había que pedir línea al teléfono de la Tienda de Agustín Rivero (dónde hoy San Fernando), mediante el de un abonado del Vecindario (el núm. 73)  y desde allí, solicitar línea a Las Palmas. No hubo comunicación telefónica automática, hasta 1968. Luego sería a través de la central de San Agustín (frente al actual Hotel Tamarindos).

Y hablando de Don Guillermo Olózaga, el director, que también fue concejal de san Bartolomé de Tirajana, todos coinciden que si era una persona excelente, también era el profesional más recto que hubieran visto nunca, a tal fín nos cuenta Martín Falcón que, si don Guillermo salía con ellos de juerga por las noches y estaban hasta altas horas de la madrugada de bailes y copas, si al día siguiente no estabas puntual en el puesto de trabajo, por mucho que fueras su compañero de copas, te sancionaba igualmente con días sin empleo y sueldo.

Hasta aquí, esta columna que hacemos en homenaje a tantos hombres y mujeres, sobre todos a los que ya no están, que fueron y son el mejor reflejo de lo que es profesionalidad, compañerismo y dedicación al noble trabajo de la hostelería. Hay que mirar cincuenta años atrás para entender del todo aquello de “fidelizar y enamorar al turista” para que repita y así, convertirnos en un destino competitivo. Tengamos en cuenta que esto, los profesionales y poco más, será lo que nos quede cuando se terminen los conflictos bélicos y esta dichosa ola de frío.